El español que quiera ser cultivado y abandonar el agreste sembrado por el franquismo, quitarse el pelo de la dehesa, vaya, hará bien en leer Los Episodios Nacionales de D. Benito Pérez Galdós, obra que revive nuestro azaroso siglo xix y que hoy se puede leer gratis y con facilidad en Internet y también comprar en papel, naturalmente.

El volumen de Cánovas en cuestión aquí está 

http://es.wikisource.org/wiki/C%C3%A1novas

Y en ese sitio de Wikisource se pueden bajar todos los Episodios Nacionales. Obra que todo español debería grabarse con una aguja muy finita, y tinta de oro, en la niña del ojo: para leerla en sus ratos libres -como dijo Scherezade.

Para que los españoles de nueva planta os entereis, que no os enterais de nada.  En tiempos franquistas el régimen se encontró con un dilema. Odiaban a Pérez Galdós por Republicano y Librepensador, pero les exaltaban obras de claro patriotismo como Trafalgar, El Dos de Mayo, Bailén, etc.  Otras como El Empecinado, Un faccioso más y algunos frailes menos, etc, esas les caían muy gordas. En el dilema, dieron con la solución: las obras digamos exaltantes las permitían publicar sueltas, para contribuir a la Formación del Espíritu Nacional. Las incómodas sólo podían adquirirse en Las Obras Completas de D. Benito Pérez Galdós, encuadernadas en cuero, varios volúmenes, papel de la mejor calidad: carísimo.  Un obrero no las puede comprar, razonaban, y el que las puede comprar ése es de los nuestros.

Para que habráis boca, os adjunto el comienzo de Cánovas, de Galdós.  Que para las niñas que pasen por aquí, Galdós era amante de la Condesa de Pardo Bazán, cuyas obras literarias D. Benito apuntaba por arriba, por abajo, por delante y por detrás.

http://es.wikisource.org/wiki/C%C3%A1novas

Cánovas                                   Capítulo I

de Benito Pérez Galdós

Los ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía blanca pego la hebra de mi cuento diciéndoles que al escapar de Cuenca, la ciudad mística y trágica, fuimos a parar a Villalgordo de Júcar, y allí, mi compañero de fatigas Ido del Sagrario y yo, dando descanso a nuestros pobres huesos y algún lastre a nuestros vacíos estómagos, deliberamos sobre la dirección que habíamos de tomar. El desmayo cerebral, por efecto del terror, del hambre y de las constantes sacudidas de nervios en aquellos días pavorosos, dilató nuestro acuerdo. Inclinábame yo a correrme hacia Valencia, impelido por corazonadas o misteriosos barruntos. Di en creer que hallaría en tierras de Levante a mi maestra Mariclío y que por ella tendría conocimiento de la preparación de graves sucesos. Pero a Ido le tiraba hacía Madrid una fuerte querencia: su mujer, sus amigos, su casa de huéspedes. La ley de adherencia en las comunes andanzas aventureras nos apegaba con vínculo estrecho. Desconsolados ambos ante la idea de la separación, cogimos el tren en La Roda y nos plantamos en la Villa y Corte.

Largos días permanecí recluido en mi aposento pupilar de la calle del Amor de Dios. La casa estaba desierta por ausencia de los estudiantes de San Carlos que gozaban ya de la dilatada vagancia veraniega. Prisionero me constituí en mi celda, sin osar poner los pies en la calle, no sólo por aburrimiento, sino por tener mis bolsillos tristemente limpios y mondos de toda clase de numerario. Olvidado me tenía mi excelsa Madre, sin que mi conciencia ni mi razón explicarme supieran la causa de tal abandono, pues nada hice ni pensé que pudiera desagradarla. Cuantas veces acudí a la portería de la Academia de la Historia en busca de los emolumentos que allí, solícita y puntual, me consignaba Doña Mariana, hube de volverme desconsolado y con las manos vacías a mi pobre hospedaje. Por fin, avanzado ya el mes de Agosto, ¡oh inefable dicha! la portera de la docta casa me entregó con graciosa solemnidad un paquete que contenía suma moderada de los sucios papiros que llamamos billetes de Banco, y una cartita cuyo interesante contenido devoré con mis ojos en el corto trayecto de la calle del León a la del Amor de Dios.

«Perdona, mi buen muñeco -decía la carta-, si tan largo tiempo estuve sin acudir a tus necesidades. Con la presente recibirás ración no muy cumplida del pan de la vida social. Gástalo con tiento, mantente en la justa ponderación de la economía y la prodigalidad… Estoy donde estoy. No me verás tan pronto. Vivo en obscuro escondite, acechando un hecho histórico que tú no has previsto y yo sí. No pocos caballeros españoles y algunas damas alcurniadas quieren engendrar un ser político, que representará la transformación capital de la familia hispana. Es lo que el bueno de Víctor Hugo llamaba un gozne de la Historia… Yo me entretengo mirando a los que ponen sus manos pecadoras en esta labor mecánica. Unos se esfuerzan en engrasar la espiga y el anillo del gozne para que el doblez se efectúe sin aspereza y con silencio decoroso; otros, en su afán de terminar prontito, salga lo que saliere, doblarán la Historia con maniobra violenta, y el chirrido del metal giratorio se oirá hasta en la China… ¿No entiendes esto, historiador travieso y chiquitín?… Vístete bien, ahora que tienes dinerito fresco, y no busques tu sastre entre los de medio pelo. Reanuda y cultiva tus antiguas amistades, y disponte a estrecharlas nuevas relaciones que te salgan al paso. No desdeñes a los hombres de pro… El pro se acerca taconeando recio… La pobretería se aleja pisando con el contrafuerte… Adiós, hijo. En cuanto lleguen las brisas de otoño, que avivan la natural frescura y alegría de los madrileños, diviértete lo que puedas. Si sientes apetito de lecturas, pon a un lado al amigo Saavedra Fajardo, y entretente con el Manual del perfecto caballero en sociedad, consagrando algunos ratos a la Moda elegante».

Confuso me dejó la epístola, que leí cuatro veces, y aunque algo pude descifrar de su sentido recóndito, […]

Por Armando

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