Tras endulzar a los estados con platita dulce los prestamistas los devoran

Es interesante que en Misiones de Argentina se llama corrección a lo que más se conoce en castellano como marabunta o sea una horda imparable de hormigas que devoran todo a su paso

marabunta, se aplica a más de 200 especies de hormigas de diferentes subfamilias y géneros, que se caracterizan por su agresivo comportamiento depredador, su carácter nómada y sus incursiones o «razias» en las que un enorme número de hormigas (de 100 000 a 2 000 000 de obreras adultas en columnas de hasta 20 m de ancho y 200 m de largo) se adentran en un área, atacando a sus presas en masa

Estamos viendo a la corrección capitalista en acción

Se han comido a Islandia, han devorado a Irlanda el tigre celta reducido a un esqueleto sin carne, se comen a Bélgica y a Portugal y se arrojan sobre España -y sobre el reino hundido.

» La actual crisis económica está forzando una corrección progresiva de estos problemas, desde los mismos agentes económicos más que desde una actitud gubernamental.» en http://es.wikipedia.org/wiki/Econom%C3%ADa_de_Espa%C3%B1a#Medidas_contra_la_crisis_econ.C3.B3mica

Aunque desde la prensa anglosajona más carca se admoniza a Alemania, como si la cosa no fuera con ellos, ha sido la conjunción de necedad y corrupción española (para limitarnos a nuestro país, pero Irlanda e Islandia muy parecidos) con la corrupción financiera internacional con sede en Londres y Nueva York y sus papeles financieros corruptos los que han causado esta debacle.

Un ejemplo de esta actitud, similar a la del pájaro tero (que en un lado pega el grito y en otro pone los huevos) la tenemos en el artículo de Timothy Garton Ash traducido y publicado en El País/Madrid

☼ TIMOTHY GARTON ASH

Solo Alemania puede salvar esta situación

Si la eurozona se viene abajo, será porque Alemania no hizo lo bastante para salvarla. Si la eurozona se salva, será gracias a Alemania…

☼  Y las constantes admoniciones antieuropeas y artículos antiespañoles de Ambrose Evans-Pritchard en The Telegraph

De la corrección y sus efectos

Las fieras llegarían poco a poco.
Llegaron éstas a la segunda noche –aunque de un carácter un poco singular.
Benincasa dormía profundamente, cuando fue despertado por su padrino.
–¡Eh, dormilón! Levántate que te van a comer vivo. Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los tres faroles de viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y dos peones regaban el piso.
–¿Qué hay, que hay? –preguntó, echándose al suelo.
–Nada… Cuidado con los pies… La corrección.
Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes, y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras. Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos, alacranes, sapos, víboras, y a cuanto ser no puede resistirles. No hay animal, por grande y fuerte que sea, que no huya de ellas. Su entrada en una casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente, pues no hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río devorador. Los perros aúllan, los bueyes mugen, y es forzoso abandonarles la casa, a trueque de ser roído en diez horas hasta el esqueleto.
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El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la impresión –exacta por lo demás– de un escenario visto de día. De la bullente vida tropical, no hay a esa hora más que el teatro helado; ni un animal, ni un pájaro, ni un ruido casi. Benincasa volvía, cuando un sordo zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco hueco, diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con cautela, y vio en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras del tamaño de un huevo.
–Esto es miel –se dijo el contador público con íntima gula–. Deben de ser bolsitas de cera, llenas de miel /…/

Benincasa, una vez bien seguro de que sólo cinco bolsitas le serían útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal goteante sobre su boca.
Pero como la miel era espesa, tuvo que agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en pesado hilo hasta la lengua del contador.
Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de Benincasa. Fue inútil que éste prolongara la suspensión, y mucho más que repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.
Entretanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el vaivén del paisaje.
–Qué curioso mareo… –pensó el contador–. Y lo peor es…
Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer de nuevo sobre el tronco. Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las manos le hormigueaban.
–¡Es muy raro, muy raro, muy raro! –se repitió estúpidamente Benincasa, sin escudriñar sin embargo el motivo de esa rareza–. Como si tuviera hormigas… La corrección –concluyó.
Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.
–¡Debe de ser la miel…! ¡Es venenosa…! ¡Estoy envenenado!
Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de terror: no había podido ni aun moverse. Ahora la sensación de plomo y el hormigueo subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre y sus amigos, le cohibió todo medio de defensa.
–¡Voy a morir ahora…! ¡De aquí a un rato voy a morir…! ¡Ya no puedo mover la mano…!
En su pánico constató sin embargo que no tenía fiebre ni ardor de garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de forma.
–¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar…!
Pero una invencible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole íntegras sus facultades, a la par que el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia la posibilidad de que eso negro que invadía el suelo…
Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto lanzó un grito, un verdadero alarido en que la voz del hombre recobra la tonalidad del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado río de hormigas negras. Alrededor de él la corrección devoradora oscurecía el suelo, y el contador sintió por bajo del calzoncillo el río de hormigas carnívoras que subían.
Su padrino halló por fin, dos días después, y sin la menor partícula de carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron suficientemente.
No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o paralizantes, pero se la halla. Las flores con igual carácter abundan en el trópico, y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los casos su condición –tal el dejo a resina de eucalipto que creyó sentir Benincasa.

LA MIEL SILVESTRE  Horacio Quiroga  CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE

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Por Armando

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