La horrible viuda de Borges, María Kodama, dice que JLB dijo de ABC, «que era un cobarde»

——————-

Estábamos Bioy Casares y yo tomando unas cañas brasileras en el quilombo de la Julia, cuando vimos llegar una tartana llena de hombres tocando guitarras, y en el medio un hombre oscuro de poncho. Adolfito, que tenía una cita en Palermo con dos señoras casadas esa noche, estos no eran sus barrios dijo, tenía un mal pálpito y se aspirinó

— Cuídese, Borges, cuídese me dijo.

Una voz fuerte en la puerta, la abrió a los pechazos y él entró. Era un hombre alto, de cara achinada lo batí inmediatamente: Francisco Real, el Corránlón le decían, porque en las huelgas era capo de esquiroles y si algún obrero objetaba, ¡corránlón! decía a los muchachos.

Me golpeó al entrar y me apartó como si yo fuera nadie; luego se fue pal fondo desdeñoso y enfrentado al Rosendo Juárez, hombre de ñeque y cafishio de la Lujanera, lo desafió a peliar.

El Rosendo se quedó como si la cosa no fuera con él. Quién sabe qué filosofías pueden pasar por la mente de un hombre así en ese momento, un hombre que siempre había defendido la divisa popular.

El caso es que la Lujanera le alcanzó el cuchillo que ella siempre le guardaba, porque no sé si sabe Ud señor que Rosendo Juárez, El Pegador debía varias muertes y la policía lo acosaba

­–Rosendo, creo que lo estarás precisando.

Rosendo lo tiró por la ventana al arroyo Maldonado, ese arroyo sucio de mataderos, de huesos y cabezas de vaca y de basura y que cerca discurre

Luego el tango nos envolvió a todos y la fiesta, y yo bailé con una parda muy joven, pero no dejaba de junar a la Lujanera y al Corránlón bailando y al Rosendo, que se escabullía cuando nadie lo miraba, rumbo al arroyo.

Salí a tomar un poco de fresco y los vi a los tres;  y a Rosendo nunca más lo vería y esa noche La Lujanera se vino al rancho mio pero eso vino después.

El Rosendo me había dado mucho coraje, cómo nos tenía engañados a todos asustados de que él era el más macho y ahora otro más hombre le había quitado esa hembra y allá se iban los dos abrazados hacia el arroyo, sin duda a desfogarse en su orilla.

Volví al bailongo y me acodé en la barra haciéndome el distraído, no me esperaba lo que pasó después.

Unos llantos de mujer, malas palabras y la puerta se abre y entra La Lujanera y detrás de ella el Córranlón, que camina como un beodo y cae al suelo de tierra pisada enderepente, como un poste.

Se murió como tienen costumbre los acuchillados; no despacio, no sin mucho patear de tacones en el piso, no sin mucha sangre sucia derramando y malos olores, no sin visajes feos en el rostro y pidió que se lo taparan con el chambergo por decencia sería.

Los norteros amagaron de culpar a la mujer, pero yo me les crucé haciendo ademán de sacar el filoso y se aplanaron, no les dio el cuero para peliar en barrio ajeno.

Tranquilo me quedé endemientras llegó la policía y arreó con algunos malvivientes. Luego me fui pal rancho y cuando vi que había luz me apuré porque me palpitó que ella estaría ahí; y vivió conmigo, La Lujanera, algunos años; y era mujer que sabía traer plata a casa.

A la mañana, mientras desayunaba unos amargos que me cebó la Lujanera, saqué el cuchillo que sabía cargar en el chaleco; y estaba limpito no le quedaba ni una manchita de sangre.

Es que me confundí.

Salí a matarlo al Rosendo, por comunista, y en la oscuridá lo achuré al Francisco Real ese botón.

Es desde entonces que uso lentes.

Por Armando

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.