Cristina, con respeto

La familia de Darwin fueron de los pioneros que lucharon contra la esclavitud de los negros.

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Darwin una vez en Argentina reprochó a un gaucho que maltrataba a un caballo.

-¡Qué cosas que tiene Ud, Don Carlos!, le dijo extrañado el gaucho.

 

 

– «Ha llegado mi hija del trabajo, qué temprano.»

– «¡Hola mamá! Un beso. Vine corriendo del Instituto porque tengo que arreglar mi cuarto.»

Las dos señoras que conversaban en el salón ven a la joven ir a su dormitorio.

– «Esta Cristina.  Es tan prolija, es tan ordenada.»

– «Tiene novio, verdad.»

– «Sí, es un joven de muy buena familia, Ernesto Vidal, es abogado; Ud. los conoce son de la mejor familia de Telor.»

– «Ah, el Ernesto, es un chico muy bien. Pero no es abogado, no exactamente. Es Licenciado pero no está colegiado.»

– «Es que se quiere especializar en Derecho Eclesiástico. Ya sabe -dice la madre guiñando un ojo- son del opus.»

Cristina al entrar a su cuarto lo primero que ve es una camiseta de manga larga sobre la cama. La madre la lavó y la dejó ahí, junto con unos calcetines limpios.

– «Pero qué haces aquí» -le dice Cristina a la camiseta- «toda solita y abandonada, estás aburrida. Ven que te voy a plegar.»

Toma la camiseta y la pliega cuidadosamente. Primero pliega un tercio hacia adentro, luego extiende la manga, y la coloca a lo largo, pliegue y luego dobla la mitad hacia arriba. Hace lo mismo con la otra parte, y luego dobla verticalmente la camiseta, hasta tenerla firme y rectangular.

– «¿Ves que bien? Ahora te voy a poner de pie junto con tus compañeras.»

Abre un cajón profundo y hay filas de camisetas, plegadas todas así verticalmente, organizadas por colores, hay diecinueve camisetas muy contentas, todas dobladas y así verticales, y hay sitio justo para una más.

Pone la camiseta número veinte así vertical doblada en el lugar correcto junto a otras camisetas del mismo color. No hay ninguna camiseta arriba de otra, todas están en filas verticales organizadas, sonriendo a Cristina.

– «¡Pero que alegría! Me pone tan contenta tener todas mis camisetas en orden y en filas prietas y regulares. Sí, estoy segura porque las siento, que mis camisetas tienen sentimientos.»

Cuando Cristina se pone una camisa blanca luego de descolgarla de su propia percha individual, de la fila de las camisas blancas, pone la percha vacía al final de la barra del perchero de las camisas blancas, hay otras barras con camisas de diferentes colores, con puntillas, sin puntillas, con bordados, Cristina tiene exactamente ciento y una camisas, aunque no siempre están todas en sus perchas porque se están lavando o en la tintorería.

Cuando Cristina se quita la camisa que lleva, la pone en la percha al final de la fila del perchero, de esa manera todas las camisas se turnan y tienen la oportunidad de cumplir su función, y ninguna se siente mal porque una camisa está mas contra su piel que otra, todas la envolverán amorosamente a su turno, cuando les llegue su vez, y exhalarán felicidad, le comunican a Cristina sus buenos sentimientos y ella corresponde con suavidad y respeto hacia la camisa blanca y limpia.

El cajón de las braguitas está desordenado. Cristina tiene exactamente treinta y una braguitas -que ella llama slips- una para cada día del mes, y tienen que estar plegadas, y de ninguna manera una arriba de otra, pero su mamá ha puesto dos slips en un lugar libre pero no como la joven quiere.

– «Perdonadla a mi mamá, oh slips adorables, os voy a poner como debeis estar. Es que si pongo un slip arriba del otro, el de abajo ¿no se sentirá ofendido por estar cubierto por el de arriba? Claro que sí, es que siento que me lo estáis diciendo. »

Cristina pliega las nuevas braguitas limpias y las dispone verticalmente como las otras. Muy satisfecha las examina, las cuenta –le falta una, solo hay treinta. ¿Dónde estará la que falta? Luego recuerda que la lleva puesta y se siente llena de felicidad y completa.

El armario de los zapatos la llama muy contento y lo abre para inspeccionar. Cristina posee veintitres pares de zapatos -necesita comprarse mas- zapatitos, chatitas, mocasines, sandalias, zapatos negros de vestir, zapatos de tacón alto y suela roja, botas de media caña y un par de botas marrones de caña alta.

Se sienta sobre la moqueta con las piernas dobladas, los cuenta y están los veintidos pares más el par que lleva puestos. Se le ha ocurrido una nueva idea, una idea genial que hará más felices a sus zapatos. Los pares de zapatos están en filas, y dispuestos en los pisos del armario de los zapatos y la miran tan llenos de felicidad.

Cristina cuidadosamente los reorganiza. En vez de tenerlos todos con las puntas hacia afuera como estaban ahora, los pone alternando. Un zapato del par con la punta hacia afuera, y el otro del par, con la punta hacia adentro. Luego el siguiente par, un zapato, el izquierdo naturalmente, con la punta hacia adentro y el otro del par con la punta hacia afuera.

Termina de arreglar el nuevo orden y les explica a sus botines, que estan desconcertados por el nuevo arreglo.

– «Veis. Ahora podeis conversar entre vosotros y el compañero no os escucha y así os podeis contar vuestros secretos.»

Los zapatitos, botines, sandalias, botas zuecos y chatitas, los zapatos de vestir y tacón alto y los mocasines están tan contentos y empiezan entre ellos una nueva y animada conversación dentro del armario.

– «Anda, no os cierro la puerta para que os veais mejor».

Cristina pasa por el salón. Su mama le está mostrando a la amiga los cuadros de brillante óptica geométrica que pinta su hija, y la amiga se deshace en elogios entusiasmados. Tanto color, tanta regularidad geométrica, tanta ingeniosa disposición de colores y formas la entusiasma y asombra, es una muestra del inmenso talento de la niña.

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La joven le dice a la mama que ha ordenado su cuarto y va a la cocina a prepararse un piscolabis.

Ella tiene sus propios cubiertos y platos, cucharas, cuchillos, tenedores y vasos, todo tiene que estar en un orden claro y funcional, respetando los sentimientos finos de los instrumentos de servicio.

Abre un cajón ancho y profundo, todos los cubiertos en filas bien pobladas y ordenadas.

– «Hola tenedorcitos, ¿estáis bien?».

Los tenedores están muy felices, brillantes de limpios y contentos. La joven selecciona un tenedor y un cuchillo y saca de la nevera una ensalada que su mama le preparó.  Es una ensalada seis delicias, de lechuga, tomate, pepino, olivas, rabanitos y semillas de girasol. Le pone aceite de oliva y unas gotas de vinagre -las botellas están muy exactamente en línea y toma cuidado de limpiar los picos de la aceitera y la vinagrera con un papel absorbente, antes de reponerlas en su sitio, limpias con el respeto que se merecen las cosas que ella usa.

– «Sé porque lo siento, que esta ensalada esta feliz porque va a nutrirme con sus seis delicias, y el tenedor está contento porque lo uso con respeto, y el plato me sonríe de agradecimiento porque sostiene en su cuenco la deliciosa ensalada. Todas las cosas que poseo y son tantas, y son, tan felices.»

Cristina abre la puertita donde descansa la poubelle. Dentro de la bolsa de plástico hay una lata de cocacola, solita y abandonada.

– «Yo te pido perdón, mi latita, porque bebí tu cocacola y he tenido que abandonarte, pero me cuidaré de que seas reciclada con tus hermanitas, las otras latas de cocacola, y de fanta, y de cerveza. ¿No te enojas porque te roces con latas de bebidas alcohólicas? Yo se que no, muchas gracias, y perdóname por dejarte sola en esta bolsa.»

Cristina trata a las cosas con el mismo respeto con que trata a las personas, con respeto, a sus alumnos con amor y respeto, el que extiende a sus cosas. Si cuando trata a una persona fuera sin respeto, y la descartara con frialdad interior ¿No sería ella una mala persona? Tambien las cosas merecen un respeto y sus zapatitos asienten, las camisas están de acuerdo.

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Escrito bajo el signo de Sagitario,

 © 2014 Armando Gascón Lozano

 

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Por Armando

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