En un editorial reciente, tras los ditirambos patrióticos y brindis al sol de rigor, El País de Montevideo reflexiona sobre la destrucción del Uruguay.
Se parecen bastante o algo a las reflexiones que se hacía la generación del 98 -digo, en España. Aunque con deplorable lenguaje economicista, «desarrollo del Uruguay»: Pero si su gente lo odia y quiere destruir !
Propondré más abajo una hipótesis pero mientras tanto leamos su editorial, algo más lúcido de lo normal hoy, en ese país en decadencia.

Un extraño país

Vivimos en un extraño lugar del mundo, un lugar muy apartado de todo, allá por el sur de un continente, lejos de las grandes concentraciones humanas y muy lejos de los países que hicieron historia y en los que, todavía hoy, suceden las cosas más importantes. Es un país con balcón al mar, con muy pocos habitantes, que produjo hombres y hechos maravillosos, que a través de su prócer máximo proclamó que con libertad no ofende ni teme a nadie. Que fue de los primeros en tener y practicar muchas de las cosas que enorgullecen a las naciones: una legislación social de avanzada, grandes éxitos deportivos, pensadores de fuste, artistas y literatos de renombre, destacados científicos y una modalidad humana cálida que es valorada por cuanto extranjero pisa esta tierra.
Sin embargo, en este extraño país, grupos sediciosos se levantaron contra sus instituciones democráticas y mediante asesinatos, asaltos, secuestros y copamientos obligaron al gobierno legítimo a acudir al auxilio de las FF.AA. que, cumpliendo con su deber, los enfrentaron y vencieron en una guerra que, como todas las guerras, fue cruel y generó injusticias. Lamentablemente, la intervención militar se transformó en dictadura militar. No obstante ello, realizó un plebiscito constituyente, lo perdió y, entonces, convocó a elecciones y abandonó el poder.
El nuevo gobierno legítimo quiso reconciliar a la sociedad e hizo aprobar una Ley de Amnistía a los sediciosos y, luego, una Ley de Caducidad (refrendada por plebiscito) de la pretensión punitiva del Estado.
Una generación después, las urnas llevaron al gobierno a quienes habían atentado contra el sistema democrático. Desde entonces, se produce la curiosa distorsión de que los sediciosos de otrora pasan a ser víctimas y mártires; sus vencedores, en cambio, son calificados como represores y victimarios y perseguidos judicialmente por los excesos que cometieron en el período dictatorial. El colmo no tardó en concretarse: los insurgentes fueron indemnizados y generaron derechos jubilatorios durante su actividad sediciosa.
En este extraño país, los ciudadanos viven enrejados tras sus casas mientras los delincuentes pululan por doquier, mayores y menores de edad. Los penados destruyen las cárceles y la sociedad debe pagar su reconstrucción inmediata. No hay dinero para refaccionar escuelas y liceos ni para terminar las obras del Sodre pero sí para resarcir a El Galpón, nave insignia del teatro de izquierda en el período predictatorial.
En otro orden de cosas, la familia -cada vez más debilitada por nuevas costumbres impuestas por las imágenes mediáticas- se enfrenta a diversos agentes disolventes, que coliden con las normas tradicionalmente aceptadas. En tal sentido, no se tiene presente que la escasa población del país, la constante emigración de su juventud -no importa qué partido esté en el poder- y su alarmante envejecimiento, están clamando por medidas que detengan ese proceso negativo.
Nos preocupamos de la niñez desvalida deambulando por las calles y asumimos que los padres no tienen derecho a propinarles un coscorrón correctivo, pero admitimos sin pestañear que reciban toda clase de mensajes de violencia y de prematuro erotismo.
Mantenemos una enseñanza pública que no es precisamente una fuente de valores y de principios ya que lleva décadas infiltrando en las mentes estudiantiles frases retóricas, oposiciones clasistas, goces y derechos sin sus correspondientes obligaciones y un alto componente de irresponsabilidad social que hace que el Estado -benefactor, protector e igualador hacia abajo- se convierta en la única meta a alcanzar. Subestima el trabajo, la creatividad y la competitividad, bases de la riqueza de las naciones desarrolladas.
Este extraño país tiene fértiles llanuras onduladas, ríos y arroyos en abundancia, no conoce qué son los terremotos ni los volcanes sembradores de muerte y destrucción. Tampoco sabe de inundaciones y sequías catastróficas, ni de tifones y tsunamis. Carece de extremos. No hay vallas geográficas, étnicas o culturales que obstaculicen la comunicación de sus habitantes.
Entonces, ¿qué es lo que pasa? ¿Por qué no progresa como todo indica que puede hacerlo? ¿Por qué la reconocida inteligencia de su pueblo no consigue forjar una sociedad mejor que la existente? ¿Por qué se tienen que anotar tantos defectos, irracionalidades y faltas de lucidez y de equilibrio, como los arriba registrados si se posee la capacidad de superar todo esos inconvenientes?
¿Qué o quiénes están trabando el desarrollo de este extraño país llamado Uruguay?
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No puede encontrarse una respuesta sin plantear la pregunta correcta.
La pregunta correcta, es
¿Quién rompió la convivencia social en Uruguay?
La respuesta es: El Comunismo.
¿Qué intelectuales por su influencia sobre el imaginario popular azuzaron el odio?
La respuesta es: Los Poetas y Cantores del Odio
¿Porqué se les sigue haciendo homenajes y pleitesías?
La respuesta es: Porque no teneis lo que tienen que tener los hombres.

Por Armando

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