Cuando Armandito encontró un ángel

Armandito contó que había encontrado un ángel, nadie le creyó. No le creyó nadie porque todos eran unos vulgares en Zaragoza.

Estaba jugando con los otros chavales en la calle. Armandito tenía una escopeta de tapones de corcho que le compró su padre. Se la compró el padre después que alguien le robó el triciclo que había dejado detrás de la puerta de la casa, a la entrada, y el niño maliciaba que había sido algún borracho de la taberna al lado de la casa, y cómo podía haber alguien tan malo que le robaba el triciclo a un niño. Algún borracho maloliente de esos que compraban un vaso de vino y compraban un cigarrillo de a uno en la taberna le había robado el triciclo.

Su padre le renegó mucho, que aprendiera la lección de la vida le dijo, y luego le regaló una escopeta de juguete.  Era una escopeta de metal y la culata de madera. Se bombeaba con un pistón y disparaba el corcho. Muchos corchos perdidos le enseñaron al Armandito de atar el corcho con una cuerdita, que se solía romper y era entonces cuestión de encontrar el corcho o conseguir otro corchito.

Uno de los chicos, el más grande, el hijo de la panadera, estaba sentado en un portal y con un palito rascaba en un trozo de bosta seca y la tiraba hacia Armandito que estaba en cuclillas jugando al gua.

Armandito tenía tres bolitas de cristal, era el único que tenía bolitas de cristal, y una bolita de mármol blanco más grande y más pesada. Como los otros chicos no tenían bolitas y él sólo tenía esas bolitas jugaba solo. Había hecho trazado rascado un círculo en la tierra y un agujero, el gua. Con no mucha habilidad trataba de golpear con una bolita en la bola de mármol y aunque el concepto de masa aún era desconocido para Armandito, pero intuía que la bola de mármol no se movía y que las bolitas de cristal rebotaban, trataba que las bolitas de cristal entraran una por una en el gua, y si caía en el hoyo, la sacaba y se la metía en el bolsillo.

Cuestión que los otros chicos estaban envidiosos o de sus bolitas o de su linda escopeta de corchos y el grandote le tiraba bosta seca de caballo en el juego o a él.

— No me tires bosta, que te voy a pegar.

El grandote se reía, era años mayor y el doble de grande. Sigue rascando la bosta seca y la tira en la dirección de Armandito.

— ¡No me tires bosta, que te voy a pegar!

El grandote se reía y sigue rascando la bosta.

Armandito junta las canicas, se las mete en un bolsillo del pantalón, anticipando; sujeta la escopeta de juguete por el caño y le sacude un golpe al grandote que está sentado en el escalón, en todo el cráneo.

Sorpresa, dolor, algo de sangre,  gritos -y furia. El grandote se levanta para correr tras Armandito que ha salido a la velocidad de la luz gritando,

— ¡Mamá, mamá!

Tres y repiquete, sube los tres pisos volando pero el grandote no lo persigue por la escalera ya no es su territorio.

Al contarlo grandes aspavientos de su mamá que luego tendrá una discusión con la panadera, la rica del barrio una persona desagradable, la harina siempre deja dinero.

Le confiscaron la escopeta de juguete al Armandito.

— Este hijo tuyo casi lo mata a ese; no se te ocurra regalarle una escopeta de perdigones a este salvaje, es capaz de sacarle un ojo a alguien, le dice la madre al papá que a mediodía a la hora de comer escucha el relato, riéndose a carcajadas.

Su madre es muy bella, muy delgada, tiene el pelo negro ondulado y desprende un aroma natural y delicioso, de sudor y leche.  Cuando entonces la gente se bañaba poco, era una operación complicada de hacer en la cocina, en una tina de hojalata con agua calentada en la cocina de carbón, o en la eléctrica, ellos eran de los pocos que se lo podían permitir porque la abuela era viuda de un empleado de las Eléctricas y tenían descuento.

A la tarde Armandito baja de nuevo a la calle. El grandote no está, su madre le ha prohibido salir a la calle y que se mezcle con unos chicos brutales. Aunque no lleva su escopeta, confiscada por orden de la superioridad, Armandito lleva una espada de madera, arma de impresión que se hizo con una estaca de madera que encontró en una obra, y le clavó otro trozo de madera con clavos que le quitó a su padre, le quedó una espada respetable con cruz y todo.

Armandito piensa que irán a pegarse contra los chicos que viven a unas manzanas, o a tirarse piedras, pero luego de un rato de no hacer nada -algunos fuman cigarrillos hechos con barba de maíz liados en papel de fumar de sus padres o hermanos mayores, los más chicos mordisquean a modo de cigarrillos de azúcar de algarrobo imitando el constante fumar de los padres- los mayores deciden tomar para el lado de los huertos y de las acequias .

Eso le gusta mucho al Armandito, que a veces se pasa horas mirando a una rana verde y amarilla en la acequia de aguas puras, o desculando hormigas de algún hormiguero su otro entretenimiento favorito.

Luego de andar por el camino de los campos, y de subirse a unas tapias y sentarse arriba, pateando el paredón o dándole con las espadas de madera, los mayores no quieren ir a cazar ranas ni renacuajos y deciden ir todos a robar tomates.

— Tú te quedas aquí, no vienes con nosotros por malo, y además que los rústicos nos pueden chumbar los perros o dispararnos con postas de sal.

Armandito se queda llorando de rabia, ve que los otros los grandes se van y le dejan a él solo en el camino, riéndose de él, se van a los campos afuera del barrio Jesús, a robar tomates actividad deliciosa que nunca ha realizado.

Todavía llorando se vuelve al barrio, limpiándose los mocos con la mano izquierda (tiene un pañuelo en un bolsillo, su madre siempre le insiste en que lleve un pañuelo, ni se acuerda de él y además le parece una barbaridad ensuciar con mocos un pañuelo limpio y planchado), en la mano derecha lleva su espada de palo que va arrastrando por la polvorosa o descabezando cardos con ella, de pura rabia.

El camino, como todos por ahí, es de tierra marrón y polvorienta calcinada por el sol.  A la izquierda según se vuelve hay acequias húmedas y verdes y frescas, a la derecha hay una tapia alta y a la base de tapia larga y alta crecen plantas cuyos nombres no conoce.

En el camino viene rodando hacia él, un tubo de papel. Lo levanta.

Es un billete de cien pesetas.

Armandito no ha visto nunca un billete de cien pesetas ni siquiera tiene una idea de cuánto son cien pesetas no sabe que un hombre gana trabajando nueve pesetas por día, pero sabe que son muchas pesetas. A él nunca le dan tanto como una peseta sólo algunos céntimos, alguna perra gorda o alguna perrica aunque con ésta no se compra nada pero con esos céntimos compra muchos caramelos y pipas, así que cien pesetas son muchas pesetas.

El camino está totalmente desierto, no hay ni un perro y los gorriones en los árboles no cuentan nada. Armandito mira a todas partes, no hay nadie, y se mete el billete de cien pesetas en el bolsillo, bien envuelto en el pañuelo limpio.

Ya se le pasó el berrinche y llega a la conclusión lógica.

— Esto me lo ha regalado un ángel, ha sido el Ángel de la Guarda, el mio, que viendo lo mal que me trataron los grandes me regala esto.

Muy satisfecho de haber aclarado a plena satisfacción este milagroso hallazgo, sigue caminando y en un giro del camino ve que un ángel viene de Zaragoza, y camina con prisas, viene en su dirección.

Es un ángel vestido de escarlata, con puntillas blanca en las mangas y en el bajo de la túnica escarlata que le llega hasta los tobillos.

Va vestido exactamente igual que la estatua de Santo Dominguito de Val, o lo mismo que los monaguillos del Pilar.

A veces su madre lo lleva el domingo a misa de doce a la Basílica del Pilar, al otro lado del río pasando el Puente de Piedra.

La Basílica cada hora toca una música y una canción sagrada

Bendita y alabada sea la hora,

en que María Santísima,

vino en carne mortal a Zaragoza.

A Za-ra-go-za.

Esto es celebrado con mucha devoción en la casa, porque el tío de Armandito, el hermano de su madre que es ingeniero, fue el que hizo la instalación de los altavoces que desde una cúpula vocean este salmodio a cada hora del día y de la noche.

En esas ocasiones a veces, la mamá si tiene dinero le da unas monedas a un monaguillo, que toma al niño en sus brazos y desplazándose de rodillas lo acerca hasta que besa el manto de la Virgen, y luego siempre de rodillas y hacia atrás caminando lo devuelve hasta su madre que lo cubre de besos quizás esperando que se le pegue algo de la virtud del manto que cubre la columna.

Los mayores no pueden ir a besar el manto de la Virgen, porque han pecado, pero los inocentes niños que aún no han tomado la comunión sí pueden, y los llevan los monaguillos de esa manera.

Al Armandito le gusta mucho que los monaguillos lo tomen en brazos, él les rodea el cuello con sus bracitos delgados y todavía sin pelo, y siente el palpitar del corazón del otro niño que lo lleva con esfuerzo.

Se puede ir, cualquiera puede ir, por la parte de atrás de la capilla, hay un hueco en la pared por el que se puede besar El Pilar, la columna milagrosa donde se apareció la Virgen siglos atrás, y el pueblo venera, no la pequeña y convencional estatua de la Virgen con el Niño sino el pifostio de piedra donde se paró y porque lo adoran, y para que la adoración no pase a idolatría, el pene de piedra lo tienen siempre tapado con un manto de seda y oro, de plata y perlas que le cambian todos los días, le ponen uno diferente.

El hueco en El Pilar donde se puede besar ahora está excavado por millones de besos de creyentes en su poder santo y milagroso.

Y milagros hace, nadie lo dude.  En las paredes de la basílica recuerdo de la Guerra Civil, cuelgan bombas de aviación, cilindros de bronce brillante con cuatro aletas, que la aviación de los rojos republicanos arrojó contra el templo, pero la potencia de la Virgen hizo que no explotaran, un milagro evidente a los ojos.

El ángel que viene por el camino hacia Armandito también se parece mucho o va vestido igual que la estatua de Santo Dominguito de Val, que está de su casa a dos manzanas, yendo hacia el Puente de Piedra, pasando la casa de su maestro. y que tanto le asusta cada vez que pasa delante.

Es como un paredón chico en un espacio levantado, ni a plazoleta llega y en la pared clavado, hay un niño con los brazos en cruz, está clavado por las manos y los pies desangrándose.

El niño muerto tiene la cabeza inclinada sobre un hombro y los ojos cerrados; el mártir ostenta un halo de milagro y santidad en la cabeza, su sangre corre a chorros de sus manos y sus pies pero su rostro está en paz en la gloria del cielo. El santo está vestido con una túnica igual que los monaguillos de la Basílica, una túnica que le cubre hasta dejar a la vista sólo los pies torturados.

Al Armandito cada vez que pasa delante de la estatua del niño desangrando le da un miedo bárbaro.

.

El ángel que viene de Zaragoza vestido de brillante escarlata y puntillas se detiene frente al Armandito como para decirle algo.  El niño lo interrumpe.

— ¿Eres tú mi ángel?

— Cállate tonto, le dice el ángel.

Armandito no le hace caso, todos le dicen tonto y el ángel lo confirma.

— Yo te amo y te rezo así todas las noches:

— Jesusito de mi vida,

eres niño como yo,

por eso te quiero tanto

y te doy mi corazón.

Tómalo, tómalo

tuyo es, mio no.

El ángel parece distraído por algo, es como un niño algo mayor que el Armandito, que le mira la espalda y ve con desilusión que no tiene alas.

— No soy Jesús, yo me llamo Ángel.

Está claro entonces, y Armandito recita la jaculatoria apropiada

—  Ángel de mi Guarda,

dulce compañía,

no me desampares

ni de noche ni de día.

Porque si me desamparas

mi alma será perdida.

— ¿Quieres mi espada de madera?  O si quieres te doy mis canicas.

Armandito se mete la mano en el bolsillo y le muestra las cuatro bolitas, tres de cristal y la de mármol.

— Prefiero la espada, dice el ángel, que la toma y se la pone al hombro.

— Pareces el Arcángel San Grabiel, dice Armandito con incorrección aragonesa, -sólo que no tienes alas.

El ángel juega con la espada de madera y hace molinetes. Luego los dos niños se quedan juntos. El ángel rompe el silencio.

— Tengo prisa.

Tendrá que ir al cielo, piensa Armandito que se ilusiona pensando en su Ángel de la Guarda salir volando al firmamento, como los bombarderos atómicos americanos que dejan estelas en el cielo.

— Bueno, si te tienes que ir. ¿No me das un beso?

— Sí. -El ángel le besa en la mejilla.

— Todos me piden que le de un beso., ¿A ti el cura te pide que le des un beso?

Armandito se escandaliza. Él no va a escuela de curas, va a un maestro particular que le paga su padre, y si alguna vez le besó la mano o el anillo a un cura de sotana negra no le gustó el olor que tenía en las manos.

— No, mi padre no me manda a escuela de curas, aunque mi hermana estudia en las monjas.  Don Primitivo además huele mucho a tabaco y es viejo y es feo.  Yo le tengo miedo porque a veces me pega con una vara de madera que tiene si no me sé la lección, me pega en la mano con ella, me deja rabiando del dolor.

¿Sabes sacar la raíz cuadrada de 144?

— No, dice el ángel que se ha demorado -¿Cuánto es?

— Son doce. Esa me la sé de memoria, pero se pueden sacar así.

Armandito hace en el suelo un esquema del método de sacar raíces cuadradas, con un palito.  Hubiera sido la envidia de Arquímedes de haberlo conocido pero el ángel no está interesado.

— Bueno, adiós.

El ángel se va, caminando, y de vez en cuando golpea las plantas del costado del camino con su espada flamígera, es una figura roja brillante que hiere la vista en el sol poniente de la tarde, hasta que una vuelta del camino lo oculta.

Armandito llega a su barrio muy contento. Se compra unas bolsas de pipas y de chufas, chocolate Roca que nunca lo ha probado pero cuando pasa cerca de la fábrica el olor a cacao lo arrebata, es la primera vez que se compra una pastilla de chocolate, hace honor a su nombre, Roca, es muy duro, grueso, delicioso, y unos tebeos y regaliz y una bolsa de caramelos. El de la tienda protesta que es un billete demasiado grande pero lo va a cambiar a la carnicería y vuelve y le da el cambio justo.

Armandito, muy feliz, se va al cine. Nunca lo han llevado al cine y no deberían dejarlo entrar solo pero están dando La Túnica Sagrada, el cine está lleno de niños con sus madres y lo dejan entrar.

La película es una lección de la Historia Sagrada que el Armandito conoce bien, pero hay partes que no las conocía, y en colores vivos, y la música es muy fuerte y las mamás que salen ahí son muy bellas y los papás muy fuertes y barbudos.

Armandito lamenta que su papá no sea barbudo como estos papás, y todos los días su padre se afeita como si aún estuviera de militar, pero como tiene poco dinero para comprar hojas de afeitar, o por otra razón, las hojitas que tiene las afila en la cara interna de un vaso de cristal.

Eso sí, para comprar tabaco el papá siempre tiene dinero.

Cuando sale del cine ya está oscuro.  Los faroleros encienden las luces eléctricas de la calle con largas varas que llevan una barrita arriba, con eso levantan un interruptor de guillotina para conectar la luz,  y el Armandito va para la casa pensando que la mamá le va a reñir mucho por llegar tarde y qué le va a decir, el tiempo se le fue volando.

Cuando llama, ella abre la puerta y lo cubre de reproches.

— Estaba pensando que te había llevado el sacamantecas.

El sacamantecas es un hombre muy malo que mata a los niños desobedientes como él, y les saca las mantecas que hay en los riñones y se frota con ellas para que se le cure la tuberculosis que tiene.

— Eres de la piel de Judas, le dice su abuela. -Eres un Iscariote, judío más que judío, los disgustos que le das a tu madre.

El Armandito no les hace caso, siempre le dicen lo mismo, aunque esconde la cara por si le sueltan alguna bofetada.

— Ay, si se entera tu padre que has vuelto a casa de noche, qué paliza te va a pegar.

Otra amenaza inútil, su padre nunca le ha pegado, nunca; le reniega mucho, eso sí, es un gritón le grita dice blasfemias horribles,

— Me cago en la virgen puta, me cagüen dios y en la virgen puta.

Esas cosas fuertes que dicen todos los papás en Zaragoza.

— Me cagüen la virgen del pilar.

Como el papá no va nunca a la iglesia, difícil, y si acaso se muere alguien y va con los tíos, no entran ni la pisan, se quedan afuera fumando y riéndose de los hombres que entran a la iglesia.

 

Ahora la mamá ve que tiene muchas cosas en los brazos.

— ¿Y esto qué es?  ¿Te dio alguien esto hijo mio, de dónde sacaste dinero para comprar estos tebeos y esas bolsas de caramelos? Y dónde has estado toda la tarde, tú vas a ser mi ruina, mal hijo.

— Es que me fui al cine y vi una película en colores.

Su madre y su abuela ahora están horrorizadas.

— ¿Cómo que te dejaron entrar al cine, con quién fuiste?  ¿Quién te compró esos tebeos y los caramelos?

— Fui yo solo y me los compré con el dinero que me dio un ángel.

La dos mujeres están cada vez más asustadas y se sientan en las sillas de la impresión.

— ¿Qué dices Armandito? dice la abuela, -tú estás loco hijo mio, qué desgracia más grande.

— Sí, mira yayita, acá tengo el dinero, el ángel me dio cien pesetas y me quedan noventa y cinco pesetas y treinta céntimos.

Armandito saca los billetes y las monedas y se los muestra a la mamá y a la abuela.

Rápida como un rayo, su madre le asesta una tremenda bofetada.

— Mentiroso, más que mentiroso, dice, con los bellos ojos echando chispas. -Ese dinero se lo has robado a tu padre, dame eso -y se lo arrebata.

— Ya verás cuando venga tu padre, esta vez sí que te la has cargado. Ladrón y mentiroso además.

— Este hijo tuyo es de la piel de Judas, insiste la abuela, horrorizada ante la evidente maldad del niño.

El Armandito rompe a berrear, llorando a moco tendido.

— No, yo no robé nada, ese dinero es mio me lo dio el Ángel de mi Guarda que me lo encontré en el camino porque los grandes se habían ido a robar tomates y no me llevaron, y el ángel me dio las cien pesetas de consuelo.

— Este hijo mio es de lo peor, mentiroso y ladrón además que iba a robar tomates dice.  Ya verás cuando venga tu padre; ven aquí, acércate.

Armandito pone prudente distancia, su madre tiene un brazo muy largo y no sabe cómo se las arregla pero nunca ve venir la bofetada.  Se sienta en una silla junto a una mesita y mientras se come las pipas pone la radio.

— Deja la radio quieta que la vas a romper.

No hace caso y corrige la tensión con el voltímetro que hizo su tío, para compensar los cambios de tensión tan frecuentes. Hay un voltímetro en el frente de la caja que está entre el enchufe y la radio, y también un cable forrado en tela de seda y tiene un pincho, y lo clava en unos puntos hasta ver que la tensión sea 12 voltios, nadie en la casa sabe lo que es eso, pero el tío cuando lo hizo, les dijo que la aguja siempre tenía que estar en 12, y esa es una tarea de él.

Luego mueve el botón de sintonía de la radio, el circuito regenerativo responde con oscilaciones y pitidos muy satisfactorios, que a su madre y a su abuela les ponen los pelos de punta.

— Que dejes la radio quieta que la vas a romper.

— Si no para, estate quieto niño.

Armandito se come los caramelos, le da algunos a su hermanita, lee el TBO, y juega con la radio y recita una poesía todo al mismo tiempo.

— Yo tengo una jaulita,

así de chiquitita

con un prisionero

que es un jilguero.

— Cállate niño, estate quieto, si no para, déjame escuchar la radio, pon música.

 

Al tiempo llega el padre, cansado de trabajar.

— Anda, ves a lavarte las manos antes de sentarte a la mesa, que te cuento lo que ha hecho tu hijo.

El padre vuelve al comedor, secándose las manos con una toalla.

— ¿Qué ha hecho el mocé ahora?

— Que te robó dinero, mira, aquí está, te robó cien pesetas y se compró chucherías y se fue al cine solo.

Armandito llora y protesta a los gritos.

— No, mentira, yo no le robé nada al papá.

El padre se mira los bolsillos de la chaqueta de pana y la cartera.

— No, yo tengo aquí todo el dinero que tenía, no gasté más que en un paquete de cigarros.

— Ya se lo decía yo, pero la mamá no me cree, yo no robé nada, es mio el dinero y me pegó una hostia.

A la madre se le ha puesto la cara roja como un tomate.

— Las cien pesetas son mías, me las regaló un ángel.

Al padre ahora se le pone la cara negra de tormenta.

— Qué dices, tú, so idiota, de un ángel que te dio dinero.

— Sí que venía el ángel de Zaragoza y yo le regalé mi espada de madera y me dio cien pesetas porque los chicos se habían ido a robar tomates y no me llevaron con ellos y el ángel me premió y me dio un billete de cien pesetas.

Los mayores el padre la madre y la abuela están completamente sonados por la historia que cuenta el niño.

— Anda, cállate que ya me tienes harto con ángeles, ¿no te he dicho cien veces que los ángeles y las vírgenes no existen, que son cuentos de los curas, para esto te mando yo a Don Primitivo?  Sentaos a comer los niños, cállate, o te pego un revés que te vas a enterar.

 

Pero el cambio de las cien pesetas Armandito no lo volvió a ver.

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Escrito bajo el signo de Sagitario,

© 2014 Armando Gascón Lozano

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Por Armando

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