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Su autor, Bernal Díaz, es a los cronistas lo que Cervantes a la novela: el primero y el mejor

Esta obra cuenta la conquista de México, contada por un viejo soldado de Cortes, que en su vejez y resentido con las honras y el botín que le tocaron en suerte, dice que fueron ellos, los setecientos soldados de Cortés los héroes y vencedores, no únicamente su comandante.

¿Qué diríamos si hubiera un relato romano de cuando Julio César conquista las Galias y el Egipto, y uno de sus legionarios sin quitarle gloria al César, contara de los esfuerzos de las legiones, de la fuerza de los capitanes, de la gloria de Cleopatra, del Nilo y del desierto, de las áspides y de los alacranes, de las pirámides y los templos,  y de las riquezas y glorias de los faraones?

Pues esa obra equivalente existe y es de un español, es la Historia Verdadera, que el soldado Bernal cuenta, de los hechos heroicos, de las batallas empecinadas, de los soldados españoles de fuerzas sobrehumanas, de las glorias y bellezas del imperio azteca, del cruel imperio azteca, que sacrificaba en altares de sangre a cientos de hombres y mujeres, tributo humano que cobraban los sacerdotes y soldados de la ciudad de México a sus sometidos.

Bernal Díaz del Castillo (~1492 – †1584, o sea, casi todo el siglo 16) fue un Conquistador, soldado de España. Se sabe poco de su vida y hay pocas referencias a su pasaje como hombre de Cortés, pero tras la conquista recibe de Cortés una encomienda (tierra y esclavos) en lo que hoy es Guatemala y es nombrado gobernador de la capital.

Se había publicado una historia de la conquista, por un religioso de la noble casa de Cortés, ahora Marqués del Valle de México, obra francamente inexacta, que se deshacía en elogios de su amo el marqués y que indigna al viejo soldado, que no ve reflejada en ella los méritos de los soldados, de los vivos que sobrevivieron a infinitos trabajos, ni de los muertos caídos por la gloria del Marqués y de España.

Y en sus rudas palabras de soldado late la epopeya de los héroes.

DE LOS BORRONES Y COSAS QUE ESCRIBEN LOS CRONISTAS GÓMARA E ILLESCAS ACERCA DE LAS COSAS DE LA NUEVA ESPAÑA

Estando escribiendo en esta crónica acaso vi lo que escriben Gómara e Illescas y Jovio en las conquistas de Méjico y Nueva España, y desde que las leí y entendí y vi de su policía y estas mis palabras tan groseras y sin primor, dejé de escribir en ella, estando presentes tan buenas historias; y con este pensamiento torné a leer y a mirar muy bien las pláticas y razones que dicen en sus historias, y desde el principio y medio ni cabo no hablan lo que pasó en la Nueva España, y desde que entraron a decir de las grandes ciudades tantos números que dicen que había de vecinos en ellas, que tanto les da decir ochenta mil como ocho mil; pues de aquellas matanzas que dicen que hacíamos, siendo nosotros cuatrocientos soldados los que andábamos en la guerra, harto teníamos que defendernos no nos matasen y nos llevasen de vencida, que aunque estuvieran los indios atados, no hiciéramos tantas muertes, en especial que tenían sus armas de algodón, que les cubrían el cuerpo, y arcos y saetas, rodelas, lanzas grandes, espadas de navajas como de dos manos, que cortan más que nuestras espadas, y muy denodados guerreros.

Historia de amor y de guerra.

Tomó Cortés a una princesa india mejicana, la princesa Mallinalli que su madre la reina envió a los mayas como sierva por darle su reino a otro hijo más joven, y los caciques mayas se la entregaron a Cortés.

CÓMO VINIERON TODOS LOS CACIQUES Y CALACHIONIS DEL RÍO DE GRIJALVA Y TRAJERON UN PRESENTE

Otro día de mañana, vinieron muchos caciques y principales de aquel pueblo de Tabasco y de otros, haciendo mucho acato a todos nosotros, y trajeron un presente de oro.

No fue nada todo este presente en comparación de veinte mujeres, y entre ellas una muy excelente mujer, que se dijo doña Marina, que así se llamo después de vuelta cristiana.

Y por ser Cortés el campeón de la princesa Mallinalli, lo llamaban Malinche a Cortes –que a la princesa mal la quieren llamar la Malinche, fue al revés y lo cuenta Bernal.

Antes que más pase adelante quiero decir cómo en todos los pueblos por donde pasamos, y en otros donde tenían noticia de nosotros, llamaban a Cortés Malinche, y así lo nombraré de aquí adelante Malinche en todas las pláticas que tuviéremos con cualesquier indio así de esta provincia como de la ciudad de Méjico; y no lo nombraré Cortés sino en parte que convenga. Y la causa de haberle puesto este nombre es que como doña Marina, nuestra lengua, estaba siempre en su compañía, en especial cuando venían embajadores o pláticas de caciques, y ella lo declaraba en la lengua mejicana, por esta causa llamaban a Cortés el capitán de Marina, y por más breve lo llamaron Malinche.

Y esta princesa india tuvo un hijo con el Conquistador Hernán Cortes, y aún ese hijo con el tiempo, se rebeló contra el Rey español, sería en la segunda generación, la Rebelión de los Muchachos, que reclamaban el Reino de Méjico para ellos, por ser hijos de conquistadores y princesas principales, que los capitanes españoles tomaron por mujeres.

y cuando fue a Castilla estuvo la doña Marina con Cortés y hubo en ella un hijo que se dijo don Martín Cortés.

Antes que más meta la mano en lo del gran Montezuma y su gran Méjico y mejicanos, quiero decir lo de doña Marina, cómo desde su niñez fue gran señora y cacica de pueblos y vasallos.

Es de esta manera: que su padre y madre eran señores y caciques de un pueblo que se dice Painla. Murió el padre quedando muy niña, y la madre se casó con otro cacique mancebo, y hubieron un hijo y según pareció, queríanlo bien al hijo que habían habido. Acordaron entre el padre y la madre darle el cacicazgo después de sus días, y porque en ello no hubiese estorbo, dieron de noche a la niña doña Marina a unos indios Xicalango, porque no fuese vista, y echaron fama que se había muerto. En aquella sazón murió una hija de una india esclava suya, y publicaron que era la heredera; por manera que los de Xicalango la dieron a los de Tabasco, y los de Tabasco a Cortés.

Como doña Marina en todas las guerras de la Nueva España, Tlascala y Méjico fue tan excelente mujer y buena lengua, como adelante diré, la traía siempre Cortés consigo y la doña Marina tenía mucho ser y mandaba absolutamente entre los indios en toda la Nueva España.

Así luchaban los héroes conquistadores

DE LA GRAN BATALLA QUE HUBIMOS CON EL PODER DE TLASCALA

 

Otro día de mañana que fue cinco de setiembre pusimos los caballos en concierto, que no quedó ninguno de los heridos que allí no saliesen para hacer cuerpo y ayudasen lo que pudiesen; y apercibidos los ballesteros que con gran concierto gastasen el almacén, unos armando, otros soltando, y los escopeteros por el consiguiente, y los de espada y rodela con la estocada o cuchillada que diésemos que pasasen las entrañas porque no se osasen juntar tanto como la otra vez; y la artillería bien apercibida iba.

No habíamos andado medio cuarto de legua cuando vimos asomar los campos llenos de guerreros con grandes penachos y sus divisas y mucho ruido de trompetillas y bocinas. Aquí había bien que escribir y ponerlo en relación lo que en esta peligrosa y dudosa batalla pasamos, porque nos cercaron por todas partes tantos guerreros, que se podría comparar como si hubiese unos grandes prados de dos leguas de ancho y otras tantas de largo y en medio de ellos cuatrocientos hombres.

Así era: todos los campos llenos de ellos y nosotros obra de cuatrocientos , muchos heridos y dolientes. Y supimos cierto que esta vez venían con pensamiento que no habían de dejar ninguno de nosotros con vida. Pues comenzaron a romper con nosotros, ¡qué granizo de piedras de los honderos! Pues flecheros, todo el suelo hecho parva de varas tostadas de a dos gajos, que pasan cualquier arma y las entrañas adonde no hay defensa; y los de espada y rodela y de otras mayores que espadas, como montantes, y lanzas ¡qué prisa nos daban y con qué braveza se juntaban con nosotros y con qué grandísimas gritas y alaridos!

Nosotros nos ayudábamos con tan gran concierto con nuestra artillería y escopetas y ballestas, que les hacíamos apartar, y no se juntaban tanto como la otra vez pasada. Los de a caballo estaban tan diestros y hacínalo tan varonilmente que después de Dios que es el que nos guardaba ellos fueron fortaleza.

Una cosa nos daba la vida, y era que como eran muchos y estaban amontonados, los tiros les hacían mucho mal, y además de esto no se sabían capitanear, porque no podían allegar todos los capitanes con sus gentes;

Además de esto, desde la batalla pasada temían los caballos, tiros, espadas y ballestas, y nuestro buen pelear, y sobre todo, la gran misericordia de Dios que nos daba esfuerzo para sustentarnos.

Allí nos mataron un soldado e hirieron más de sesenta, y también hirieron a todos los caballos. A mí me dieron dos heridas, la una en la cabeza, de pedrada, y otra en el muslo, de un flechazo; mas no eran para dejar de pelear y velar y ayudar a nuestros soldados; y asimismo lo hacían todos los soldados que estaban heridos, que si no eran muy peligrosas las heridas habíamos de pelear y velar con ellas, porque de otra manera pocos quedaron que estuviesen sin heridas.

Luego nos fuimos a nuestro real muy contentos y dando muchas gracias a Dios, y enterramos el muerto en una de aquellas casas que tenían hechos en los subterráneos, porque no lo viesen los indios que éramos mortales, sino que creyesen que éramos teúles, [ = dioses] como ellos decían; y derrocamos mucha tierra encima de la casa porque no oliesen los cuerpos, y se curaron todos los heridos. ¡Oh qué mal refrigerio teníamos, que aun aceite para curar ni sal había!

Otra falta teníamos, y grande, que era ropa para abrigarnos, que venía un viento tan frío de la sierra nevada, que nos hacía tiritar, porque las lanzas, escopetas y ballestas mal nos cobijaban.

Y LLEGAN A LA CIUDAD DE MÉXICO

DEL GRANDE Y SOLEMNE RECIBIMIENTO QUE NOS HIZO EL GRAN MONTEZUMA

Luego otro día de mañana partimos de Estapalapa, muy acompañados de aquellos grandes caciques que atrás he dicho. Íbamos por nuestra calzada adelante, la cual es ancha de ocho pasos, y va tan derecha a la ciudad de Méjico, que me parece que no se torcía poco ni mucho, y aunque es bien ancha, toda iba llena de aquellas gentes que no cabían, unos que entraban en Méjico y otros que salían, y los indios que nos venían a ver, que no nos podíamos rodear de tantos como vinieron.

Desde que vimos cosas tan admirables, no sabíamos qué decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que por una parte en tierra había grandes ciudades, y en la laguna otras muchas, y veíamoslo todo lleno de canoas, y en la calzada muchos puentes de trecho a trecho, y por delante estaba la gran ciudad de Méjico; y nosotros aun no llegábamos a cuatrocientos soldados, y teníamos muy bien en la memoria las pláticas y avisos que nos dijeron los de Huexocingo, Tlascala y Tamanalco, y con otros muchos avisos que nos habían dado para que nos guardásemos de entrar en Méjico, que nos habían de matar desde que dentro nos tuviesen.

Miren los curiosos lectores si esto que escribo si había bien que ponderar en ello. ¿Qué hombres ha habido en el universo que tal atrevimiento tuviesen?

 

 Como llegamos y entramos en un gran patio, luego tomó por la mano el gran Montezuma a nuestro capitán, que allí le estuvo esperando, y le metió en el aposento y sala a donde había de posar, que le tenía muy ricamente aderezada para según su usanza. Tenía aparejado un muy rico collar de oro de hechura de camarones, obra muy maravillosa, y el mismo Montezuma se lo echó al cuello a nuestro capitán Cortés, que tuvieron bien que mirar sus capitanes del gran favor que le dio. Cuando se lo hubo puesto, Cortés le dio las gracias con nuestras lenguas, y dijo Montezuma: «Malinche, en vuestra casa estáis vos y vuestros hermanos. Descansad».
Luego se fue a sus palacios, que no estaban lejos. Nosotros repartimos nuestros aposentos por capitanías, y nuestra artillería asestada en parte conveniente, y muy bien platicado la orden que en todo habíamos de tener, y estar muy apercibidos, así los de caballo como todos nuestros soldados.

Fue ésta nuestra venturosa y atrevida entrada en la gran ciudad de Tenustitlán Méjico, a ocho días del mes de noviembre, año de Nuestro Salvador Jesucristo de 1519.

 ☼ Los triunfos y las derrotas, los trabajos y las batallas, las traiciones y las victorias, el descubrimiento de un mundo nuevo -pues cuando Bernal y Cortés llegan a Méjico piensan que era una pequeña isla como Cuba y era un continente entero que pisaban.

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CÓMO CONSEGUIR ESTE LIBRO

Es fácil encontrarlo impreso y no es caro, la Colección Austral lo publicó y hay muchas otras ediciones.

☼ En ► Biblioteca Virtual Universal

Introduzca el nombre en el buscador y click en el enlace

☼ También se encuentra traducida al ingles

The Memoirs of the Conquistador Bernal Diaz del Castillo, Vol 1 (of 2)

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The Memoirs of the Conquistador Bernal Diaz del Castillo, Vol 2 (of 2)

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☼ El aventurero e hispanista ► Cunninghame Graham tiene un libro entresacado de esta crónica

Bernal Diaz del Castillo; being some account of him, taken from his true history of the conquest of New Spain

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☼ En archive.org hay muchas ediciones de la obra de Bernal, en español y en inglés

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PARA SABER MÁS

El profundo estudio de ► Sir Hugh Thomas , renombrado hispanista, merece ser conocido.

The conquest of Mexico (1993)

Fruto del estudio histórico de cinco siglos.

Este libro, que lo poseo, es interesante que las frases en náhuatl que transcribe están todas bien, perfectas -uno sabe su poquito de náhuatl- en cambio las frases que transcribe del castellano están todas mal, todas tienen defectos o faltas de ortografía, o errores elementales de algún tipo.  Yo lo achaco a que las frases en náhuatl se las habrá corregido algún estudiante de doctorado, mientras que el español Sir Thomas se cree que lo domina :-)).

21 Octubre 2016

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Por Armando

Un comentario en «100 mejores libros no-Ficción, 24, ‘Historia verdadera de la conquista de la Nueva España’»

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