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Ensayo Filosófico y Novela Epistolar del Siglo 18 en que el Coronel José Cadalso analiza y denuncia los males de España

Héroe militar (el ► Coronel José Cadalso  murió † 1782 herido de metralla atacando Gibraltar en una guerra), fino intelectual que hablaba varios idiomas, muy amado por las bellas damas de su tiempo, Cadalso adopta el estilo de la ► Novela Epistolar  y escrita por un marroquí visitante a la España, para iluminar con la visión de un extranjero los problemas del país.

Las ► Cartas Marruecas fueron publicadas póstumamente, en 1789, (año que recordemos empieza la Revolución Francesa ! : ►  1789 en France.) El ejemplo que Cadalso imita es las  ►Lettres Persanes, del gran Montesquieu, publicadas en 1721 y tienen bastante influencia de las ► Lettres philosophiques (1734) de Voltaire, obras que Cadalso por supuesto conocía.

Comprueban Uds. que el artificio de suponer que un visitante extranjero y buen observador comenta a los amigos sobre el país que visita, y sus costumbres diferentes que chocan a veces contra sus prejuicios, al exponer también las propias costumbres en contraste y analizar los propios prejuicios ilumina cuestiones muy difíciles, y lo hace con un estilo ameno, en ensayos dirigidos a los amigos y familiares, podríamos decir, cortos y que no pasan de una página o dos.

Este estilo de crítica indirecta había sido iniciado por otro francés antes que Montesquieu, fue ► Dufresny con Amusemens sérieux et comiques -voyage d’un Siamois à Paris, 1699- .

De hecho las Lettres Persanes de Montesquieu al analizar su persa Usbek la Francia y la Europa, el Papado con sus supersticiones y abusos, y la nobleza francesa con sus privilegios en una sátira feroz fue un factor en el desencadenamiento posterior de la Revolución Francesa.

Los protagonistas de las noventa Cartas Marruecas son tres, Gazel, un joven marroquí que visita España en la comitiva del embajador de Marruecos (y está inspirado en una embajada marroquí de entonces), Ben-Beley su amigo en Marruecos y Nuño un español. Los tres se cruzan cartas entre ellos y comentan y se responden aunque el peso de la correspondencia recae en el joven Gazel.

Escribe Cadalso en la Introducción:

Estas cartas tratan del carácter nacional, cual lo es en el día y cual lo ha sido. Para manejar esta crítica al gusto de algunos, sería preciso ajar la nación, llenarla de improperios y no hallar en ella cosa alguna de mediano mérito. Para complacer a otros, sería igualmente necesario alabar todo lo que nos ofrece el examen de su genio, y ensalzar todo lo que en sí es reprensible. Cualquiera de estos dos sistemas que se siguiese en las Cartas Marruecas tendría gran número de apasionados; y a costa de mal conceptuarse con unos, el autor se hubiera congraciado con otros.

Pero en la imparcialidad que reina en ellas, es indispensable contraer el odio de ambas parcialidades. Es verdad que este justo medio es el que debe procurar seguir un hombre que quiera hacer algún uso de su razón; pero es también el de hacerse sospechoso a los preocupados de ambos extremos.

Por ejemplo, un español de los que llaman rancios irá perdiendo parte de su gravedad, y casi casi llegará a sonreírse cuando lea alguna especie de sátira contra el amor a la novedad; pero cuando llegue al párrafo siguiente y vea que el autor de la carta alaba en la novedad alguna cosa útil, que no conocieron los antiguos, tirará el libro al brasero y exclamará: ¡Jesús, María y Josef, este hombre es traidor a su patria!

Por la contraria, cuando uno de estos que se avergüenzan de haber nacido de este lado de los Pirineos vaya leyendo un panegírico de muchas cosas buenas que podemos haber contraído de los extranjeros, dará sin duda mil besos a tan agradables páginas; pero si tiene la paciencia de leer pocos renglones más, y llega a alguna reflexión sobre lo sensible que es la pérdida de alguna parte apreciable de nuestro antiguo carácter, arrojará el libro a la chimenea y dirá a su ayuda de cámara: esto es absurdo, ridículo, impertinente, abominable y pitoyable.

☼ Un ejemplo, [ Carta VII ] Don Nuño el español discurre sobre la poca preparación de la juventud en aquel Siglo de las Luces, y el poco amor que tiene por el conocimiento y cosas útiles., y la vida se les va en lujos y placeres.

Recuerda Don Nuño cuando era Capitán y perdido en el monte encuentra a un joven noble y rico …

Pero me acuerdo que yendo a Cádiz, donde se hallaba mi regimiento de guarnición, me extravié y me perdí en un monte. Iba anocheciendo, cuando me encontré con un caballerete de hasta 22 años, de buen porte y presencia.

Llevaba un arrogante caballo, sus dos pistolas primorosas, calzón y ajustador de ante con muchas docenas de botones de plata, el pelo dentro de una redecilla blanca, capa de verano caída sobre el anca del caballo, sombrero blanco finísimo y pañuelo de seda morado al cuello.

Nos saludamos, como es regular, y preguntándole por el camino de tal parte, me respondió que estaba lejos de allí; que la noche ya estaba encima y dispuesta a tronar; que el monte no era muy seguro; que mi caballo estaba cansado; y que, en vista de todo esto, me aconsejaba y suplicaba que fuese con él a un cortijo de su abuelo, que estaba a media legua corta. Lo dijo todo con tanta franqueza y agasajo, y lo instó con tanto empeño, que acepté la oferta.

La conversación cayó, según costumbre, sobre el tiempo y cosas semejantes; pero en ella manifestaba el mozo una luz natural clarísima con varias salidas de viveza y feliz penetración, lo cual, junto con una voz muy agradable y gusto muy proporcionado, mostraba en él todos los requisitos naturales de un perfecto orador; pero de los artificiales, esto es, de los que enseña el arte por medio del estudio, no se hallaba uno siquiera. Salimos ya del monte cuando, no pudiendo menos de notar lo hermoso de los troncos que acabábamos de ver, le pregunté si cortaban de aquella madera para construcción de navíos.

-¿Qué sé yo de eso? -me respondió con presteza-. Para eso, mi tío el comendador. En todo el día no habla sino de navíos, brulotes, fragatas y galeras. ¡Válgame Dios, y qué pesado está el buen caballero! ¡Poquitas veces hemos oído de su boca, algo trémula por sobra de años y falta de dientes, la batalla de Tolón, la toma de los navíos la Princesa y el Glorioso, la colocación de los navíos de Leso en Cartagena! Tengo la cabeza llena de almirantes holandeses e ingleses. Por cuanto hay en el mundo dejará de rezar todas las noches a San Telmo por los navegantes; y luego entra un gran parladillo sobre los peligros de la mar al que se sigue otro sobre la pérdida de toda una flota entera, no sé qué año, en que se escapó el buen señor nadando, y luego una digresión muy natural y bien traída sobre lo útil que es el saber nadar.

Desde que tengo uso de razón no lo he visto corresponderse por escrito con otro que con el marqués de la Victoria, ni le he conocido más pesadumbre que la que tuvo cuando supo la muerte de don Jorge Juan.

El otro día estábamos muy descuidados comiendo, y, al dar el reloj las tres, dio una gran palmada en la mesa, que hubo de romperla o romperse las manos, y dijo, no sin muchísima cólera: -A esta hora fue cuando se llegó a nosotros, que íbamos en el navío «La princesa», el tercer navío inglés; y a fe que era muy hermoso: era de noventa cañones. ¡Y qué velero! De eso no he visto. Lo mandaba un señor oficial. Si no por él, los otros dos no hubiéramos contado el lance. Pero, ¿qué se ha de hacer? ¡Tantos a uno!-. Y en esto le asaltó la gota que padece días ha, y que nos valió un poco de descanso, porque si no, tenía traza de irnos contando de uno en uno todos los lances de mar que ha habido en el mundo desde el arca de Noé.

Cesó por un rato el mozalbete la murmuración contra un tío tan venerable, según lo que él mismo contaba; y al entrar en un campo muy llano, con dos lugarcitos que se descubrían a corta distancia el uno del otro: – ¡Bravo campo -dije yo- para disponer setenta mil hombres en batalla!-

Con ésas a mi primo el cadete de Guardias -respondió el otro con igual desembarazo. Sabe cuántas batallas se han dado desde que los ángeles buenos derrotaron a los malos. Y no es lo más eso, sino que sabe también las que se perdieron, por qué se perdieron; las que se ganaron, por qué se ganaron; y por qué quedaron indecisas las que ni se ganaron ni se perdieron. Ya lleva gastados no sé cuantos doblones en instrumentos de matemáticas, y tiene  un baúl lleno de unos planos, que él llama, y son unas estampas feas que ni tienen caras ni cuerpos.

Procuré no hablarle más de ejército que de marina, y sólo le dije: -No será lejos de aquí la batalla que se dio en tiempo de don Rodrigo y fue tan costosa como nos dice la historia.

-¡Historia! -dijo-. Me alegrara que estuviera aquí mi hermano el canónigo de Sevilla; yo no la he aprendido, porque Dios me ha dado en él una biblioteca viva de todas las historias del mudo. Es mozo que sabe de qué color era el vestido que llevaba puesto el rey don Fernando cuando tomó a Sevilla.

Llegábamos ya cerca del cortijo, sin que el caballero me hubiese contestado a materia alguna de cuantas le toqué. Mi natural sinceridad me llevó a preguntarle cómo le habían educado, y me respondió:

-A mi gusto, al de mi madre y al de mi abuelo, que era un señor muy anciano que me quería como a las niñas de sus ojos. Murió de cerca de cien años de edad. Había sido capitán de Lanzas de Carlos II, en cuyo palacio se había criado. Mi padre bien quería que yo estudiase, pero tuvo poca vida y autoridad para conseguirlo. Murió sin tener el gusto de verme escribir. Ya me había buscado un ayo, y la cosa iba de veras, cuando cierto accidentillo lo descompuso todo.

-¿Cuáles fueron sus primeras lecciones? -preguntéle yo.

-Ninguna -respondió el muchacho-; ya sabía yo leer un romance y tocar unas seguidillas; ¿para qué necesita más un caballero? Mi dómine bien quiso meterme en honduras, pero le fue muy mal y hubo de irle mucho peor. El caso fue que había yo concurrido con otros amigos a un encierro. Súpolo, y vino tras mí a oponerse a mi voluntad. Llegó precisamente a tiempo que los vaqueros me andaban enseñando cómo se toma la vara.

No pudo traerle su desgracia a peor ocasión. A la segunda palabra que quiso hablar, le di un varazo tan fuerte en medio de la cabeza, que se la abrí en más cascos que una naranja; y gracias a que me contuve, porque mi primer pensamiento fue ponerle una vara lo mismo que a un toro de diez años; pero, por primera vez, me contenté con lo dicho. Todos gritaban: ¡Viva el señorito! Y hasta el tío Gregorio, que es hombre de pocas palabras, exclamó: -¡Lo ha hecho uzía como un ángel del cielo!

-¿Quién es ese tío Gregorio? -preguntéle, atónito de que aprobase tal insolencia; y me respondió: -El tío Gregorio es un carnicero de la ciudad que suele acompañarnos a comer, fumar y jugar. ¡Poquito le queremos todos los caballeros de por acá! Con ocasión de irse mi primo Jaime María a Granada y yo a Sevilla, hubimos de sacar la espada sobre quién lo había de llevar; y en esto hubiera parado la cosa, si en aquel tiempo mismo no le hubiera prendido la justicia por no sé qué puñaladillas que dio en la feria y otras frioleras semejantes, que todo ello se compuso al mes de cárcel.

Dándome cuenta del carácter del tío Gregorio y otros iguales personajes, llegamos al cortijo. Presentóme a los que allí se hallaban, que eran amigos o parientes suyos de la misma edad, clase y crianza; se habían juntado para ir a una cacería; y esperando la hora competente, pasaban la noche jugando, cenando, cantando y hablando; para todo lo cual se hallaban muy bien provistos, porque habían concurrido algunas gitanas con sus venerables padres, dignos esposos y preciosos hijos.

Allí tuve la dicha de conocer al señor tío Gregorio. A su voz ronca y hueca, patilla larga, vientre redondo, modales ásperos, frecuentes juramentos y trato familiar, se distinguía entre todos. Su oficio era hacer cigarros, dándolos ya encendidos de su boca a los caballeritos, atizar los velones, decir el nombre y mérito de cada gitana, llevar el compás con las palmas de las manos cuando bailaba alguno de sus más apasionados protectores, y brindar a sus saludes con medios cántaros de vino.

Conociendo que venía cansado, me hicieron cenar luego y me llevaron a un cuarto algo apartado para dormir, destinando un mozo del cortijo que me llamase y condujese al camino.

Contarte los dichos y hechos de aquella academia fuera imposible, o tal vez indecente; sólo diré que el humo de los cigarros, los gritos y palmadas del tío Gregorio, la bulla de todas las voces, el ruido de las castañuelas, lo destemplado de la guitarra, el chillido de las gitanas sobre cuál había de tocar el polo para que lo bailase Preciosilla, el ladrido de los perros y el desentono de los que cantaban, no me dejaron pegar los ojos en toda la noche.

Llegada la hora de marchar, monté a caballo, diciéndome a mí mismo en voz baja: ¡Así se cría una juventud que pudiera ser tan útil si fuera la educación igual al talento! Y un hombre serio, que al parecer estaba de mal humor con aquel género de vida, oyéndome, me dijo con lágrimas en los ojos: -Sí, señor.

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A entender entonces que este tipo de examen filosófico y social es una tradición intelectual europea muy importante de conocer y la obra de Cadalso se cuenta entre las españolas mejores en este caso.

Cadalso ya se había mojado antes en la controversia filosófica con una en que criticaba una de las Cartas Persanas de Montesquieu que trataba de España,

Defensa de la nación española contra la carta persiana LXXVIII de Montesquieu (~ 1768)

Una muestra de la irritación de Cadalso contra las superficiales o negativas opiniones de Montesquieu

«La gravedad es el carácter resplandeciente de estas dos naciones, España y Portugal.»

NOTA 3.ª
Todo es relativo en este mundo, no hay cosa que sea positivamente tal. La piedra es pesada respecto de la lana y ligera respecto del plomo.

No dudo que un hidalgo de la Montaña haciendo una vida retirada, llevando un vestido modesto, tratando solamente con su familia y ostentando una suma frialdad, no dudo, vuelvo a decir, que sea un ente muy grave comparado con un petimetre francés que hace diez cortesías en un ladrillo, silba, canta, declama, baila, ríe, llora, se sienta, se levanta, entra, sale, pregunta, responde, se mira al espejo, inspecciona su figura de pies a cabeza y hace otras mil maniobras en menos tiempo del que he gastado en escribir esta superficialísima frase.

Pero el dicho hidalgo será un prodigio de ligereza respecto de un frío holandés que está sentado doce horas seguidas echando humo por la boca sin pestañear, y con el ánimo tan parado como el cuerpo.

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Un error o limitación de Cadalso: la obsesión europea.

Cadalso no conocía el Imperio Español, como la mayor parte de la nobleza y gobernantes y gentes influyentes o gente del común sólo conocía Europa en su caso, que los otros que dije con mal conocer España les alcanzaba.

Ningún Rey visitó nunca sus enormes posesiones americanas, ni Carlos V, ni Felipe II, ni sus ministros tampoco -Olivares despreciaba las cosas de la mar- y que el Imperio Atlántico y Pacífico se mantuviera era cosa de esforzados militares y heroicos marinos, y de algunos pocos administradores unos más capaces que otros.

La obsesión europea y ver la cosas pasadas por el filtro europeo -que significaba el francés, que era el país más poderoso y avanzado del siglo 18- no le permitió apreciar en su justo valer la extensión y poderío del Imperio Español.

Eso pasa incluso hoy, que los ignorantes historiadores sinapios meta hinchar con la pérdida de los pantanos y turberas de los Países Bajos, y si les preguntas quién fue Azara o Liniers no te saben decir, y de las derrotas de los ingleses en sus dos intentos de conquistar el Río de la Plata, en 1806 -y recordemos que España había sido aniquilada su flota en Trafalgar, 1804 lo que pone en más valor la heroica defensa de Buenos Aires y Montevideo dos años después.

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CONSEGUIR LAS «Cartas Marruecas» Y LAS «Lettres persanes»

Las Cartas Marruecas están en edición digital en muchas partes, y por ejemplo

Cartas marruecas del Coronel D. Joseph Cadahalso ,

digitalizada en la Biblioteca Digital Hispánica de la Biblioteca Nacional de España

Precisamente por ser copia tan fiel de la obra original se hace algo difícil de leer, hay versiones modernizadas, por ejemplo en Wikisource .

https://es.wikisource.org/wiki/Cartas_marruecas

El problema acá, que las cartas están puestas una por una y no en un sólo volumen descargable.

* En una biblioteca digital argentina, el volumen entero modernizado

Cartas marruecas, pdf

Y en muchas otras partes también

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Lettres persanes

Lettres persanes, tome I  by baron de Charles de Secondat Montesquieu

Lettres persanes, tome II by baron de Charles de Secondat Montesquieu

En ► internet Archive, hay numerosas diferentes ediciones, estudios

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Un estudio comparativo

Las «Lettres persanes» y las «Cartas marruecas»: la función de la perspectiva en la crítica social de dos novelas epistolares / Antonio Domínguez

Tiene un enlace al final de la página para descargar en pdf.

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Los Eruditos a la Violeta, de Cadalso.

O sea, perfumados al aroma de violetas al gusto de su frívolo siglo 18.

Es gracioso que esta obra en que Cadalso se burla de lo poco que sabe la juventud de su tiempo, y les propone un plan de estudios fáciles, para aparentar erudición y sabiduría e impresionar a las damas, es perfectamente incomprensible hoy, ¡ya que la mitad está en Latín ! lengua que entonces cualquier escolar dominaba y que hoy, siglo 21, no conocen en Sinapia ni los Licenciados en Latín.

Portal dedicado a José Cadalso y su obra

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Portal Wikipedia, siglo 18 Francés (en francés, naturalmente)

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PS. Ven que incluso el nombre de Carta Persiana se debe a Cadalso, así que las  Cartas Persianas desde Monty  que va pergeñando este pobre autor entiendan que se incluye en esta prestigiosa tradición intelectual.

Cartas Persianas desde Monty -1

 

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Por Armando

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